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Archive for 31 enero 2011

Money

Aquel abogado sólo pensaba en facturar. Cifras, números, dinero, más dinero. Cualquier cliente se traducía en términos económicos. Centenas, decenas de miles euros. Su cabeza funcionaba como una máquina tragaperras y tenía un olfato muy desarrollado para detectar el capital. Sobre todo defendía a individuos acusados de estafas piramidales, millonarios a los que les salían los billetes por las orejas o hombres de negocios que guardaban sus fortunas en paraísos fiscales. Le gustaba el champán, el caviar y las putas de lujo. Nunca dejaba propina, ni saludaba si debía gastar saliva. Conducía un jaguar y contaba con doce rolex.  Y su cuenta bancaria poseía más de ocho cifras. Un día se ahogó en el jacuzzi, al zambullirse en una montaña de billetes de quinientos euros.

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Eterna paradoja

Estaba harto del ser humano. Siempre matando, destruyendo y aniquilando a otros seres en absurdas guerras. Así que, inventé una máquina del tiempo y viaje al Jardín del Edén con la intención de asesinar a Adán. De esa forma, Eva no podría engendrar a Caín y Abel y tampoco al resto de la humanidad. Su muerte significaría mi propio fin. Aun así, no me importó. Le clavé a Adán un cuchillo en el corazón mientras dormía plácidamente a la sombra de una higuera. Mientras agonizaba yo esperaba desaparecer. Sin embargo, tras su muerte no ocurrió nada. Yo seguía allí, sin ni siquiera un rasguño y comencé a formularme preguntas para las que no poseía respuesta. ¿Cómo podía seguir vivo? ¿Quién era mi padre? ¿Luego todo lo que me habían contado a lo largo de los años era una vil mentira? Y entonces vi a la serpiente reptar con la manzana por el suelo y al instante comprendí de quién había heredado los genes.

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Minificción

Cuando terminé el manuscrito de la novela se lo llevé a mi editor. Empezó a quitar párrafos, personajes, hojas y el escrito quedó en un microrrelato.

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Pruebas

Sobre la mesa distinguí una botella de vino y otra de gaseosa. Sentando en un banquillo y apoyado contra la pared descansaba el cuerpo inerte de la víctima. Le habían volado los sesos de dos disparos. Revisé sus bolsillos con detalle. Encontré el recibo de un coche de alquiler, la llave de una habitación de hotel y unos preservativos. Su rostro me resultó familiar; era un prestigioso abogado que defendía a mafiosos y blanqueaba el dinero a través de sociedades. Empecé a preguntar a los testigos. Parecía como si hubiesen hecho un pacto de silencio. Nadie sabía nada. Nadie quería hablar por temor a una venganza. Dejé la habitación y regresé a comisaría. Otro caso sin resolver, me dije, mientras me lavaba a conciencia las manos en los servicios para eliminar los vestigios de bario y antimonio y me deshacía del arma del crimen.

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Descuido

Todo el caso se sustentaba en aquel recibo de hotel. El hombre que se sentaba en el banquillo negó haber pasado la noche con aquella mujer. Sin embargo, varios testigos le situaban en la escena del crimen y aquel papelito lo refrendaba. Le podían caer veinte años. Traté de llegar a un pacto, pero fue inútil. El abogado de la acusación no iba a negociar. Durante la comida, mientras tomaba un vino mezclado con gaseosa, se me ocurrió algo. Le pedí a la mujer de mi cliente veinte mil euros y se los entregué a un tipo que trabajaba en comisaría. Con aquel acto conseguí que lo exculparan. Es lo que tienen las negligencias; que un papelito se pueda perder entre un mar de pruebas.

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El armario

Tras unos cuantos vinos mezclados con gaseosa, le convencí para que subiera conmigo al hotel. Nos habíamos conocido en un juicio y nos gustamos. Él era el fiscal y yo el abogado del tipo que se sentaba en el banquillo. El asunto concluyó en un pacto: cinco años de cárcel para mi cliente. Después fuimos a tomar algo para celebrarlo. Ya en la habitación le empecé a desnudar. Por un momento opuso resistencia y comentó que no era de recibo engañar a su mujer. Aun así, nos acostamos. Cuando me desperté, vi una nota junto al armario que decía: “no abras la puerta porque no pienso salir de aquí”.

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Crimen

Me acusaron de un crimen atroz. Era inocente, pero me sentaron en el banquillo de los acusados. Mi abogado quería hacer un pacto con el fiscal. Yo le dije que no era de recibo porque nada tenía que ver con la muerte. Además, todo el mundo es inocente mientras no se demuestre lo contrario. Conforme transcurría el juicio mi coartada perdió fuerza como una botella de gaseosa abierta. Me cayeron veinte años. Al salir necesitaba desfogarme. Así que llamé a una chica de compañía y la cité en una habitación de hotel. Para cuando llegó, yo ya lo tenía todo preparado: las velas encendidas, la botella de champán y una canción romántica en el mp3. Pero lo mejor vendría cuando nos fuéramos a la cama; debajo ocultaba un plástico, la mordaza y el hacha. Y esta vez, lo haría bien.

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