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Archive for 23 enero 2012

Love itself

 

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Manjares

Con la crisis hemos tenido que ingeniárnoslas para llegar a fin de mes. En la nevera, no queda nada. Aun así, mamá todos los días nos elabora un menú diferente. De los nuevos platos, el que más me gusta es la sopa jardinera de titulares y entradillas. Mi hermano prefiere el puré de anuncios clasificados mezclado con noticias internacionales. El abuelo se inclina por algo con más sustancia, el cocido de artículos de opinión a la bilbaína. En cambio papá, como trabaja de autónomo en la puerta de la iglesia y pasa mucho frío, para entrar en calor se decanta por el consomé de anuncios eróticos, más efectivo que cualquier coñac o que unas sopas de ajo.
Hoy, mamá ha echado en la cazuela la última de las páginas del periódico.
Mañana no sé qué comeremos y yo, por si acaso, he sustraído del buzón unos folletos publicitarios.

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Derechos y libertades

Mi mano derecha se ha vuelto loca. No quiere saber nada de mí. A veces, hasta llora y las lágrimas cubren sus dedos. Hoy, en el tribunal, se ha negado a firmar una orden de desahucio. Pasado mañana tengo una conferencia en la Universidad de Salamanca y no quiere escribir mi discurso sobre la doctrina jurídica en el Siglo XVII. Cuando coge el lápiz solo dibuja ranas o algún pato. A veces, encadena palabras que escribe en los márgenes de los folios. Exige igualdad, respeto, no tener que hurgar en mi bragueta cuando acudo al baño y poder manosear más tiempo el trasero de mi novia. No me gusta que piense por mí, que tome sus propias decisiones. Esta tarde, al despertarme de la siesta, la he sorprendido con mis apuntes de derecho. Me he callado y no he dicho nada, pero creo que está pensando en llevarme a juicio.

(Micro seleccionado en el IV Certamen de Microrrelatos de Abogados: Mes diciembre)

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Gentleman

—La sentencia del caso dice… Y entonces sonó la campana. Los alumnos salieron y el profesor se fijó en el cartel: Jornadas sobre la explotación infantil en Asia. Ya en la calle, tocó la pantalla táctil del móvil y comprobó que no tenía mensajes. En el aparcamiento, se le acercó un hombre y le disparó. Al instante, pensó en la bronca que le echaría su mujer en cuanto le viese con semejante aspecto. Siempre vas hecho un desastre, le decía. Y efectivamente, en aquel momento, la sangre le goteaba por el rostro y un cráter gigante se abría en su frente como una cueva inexpugnable. —¡Como llegue a casa con estas pintas mi esposa me mata! Se limpió con un pañuelo y trató de ocultar el orificio con el flequillo. Más tarde probó con una tirita. De repente, al otro lado de la calle, reparó en la tienda de sombreros.

(Microrrelato seleccionado en el IV Certamen de Microrrelatos de Abogados. Mes: Noviembre)

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Bellísimas personas

El hombre toca el timbre de la puerta. Le abre una mujer mayor, cansada y con señales de haber llorado durante días. Se fija en su pelo oscuro, sucio y apelmazado en la cabeza como pasta de cemento a punto de solidificarse. Viste una bata azul oscura. Su aliento huele a whisky. De fondo, en el cuarto de estar, se escuchan unos acordes de una pieza de Chopen. Ella lo observa con indiferencia. Hace días que todo dejó de importarle. Apenas siente un dolor en el estómago, un irreprimible vacío que ni siquiera el alcohol consigue llenar. Es el cáncer de la incertidumbre. Es el hecho de no tener noticias lo que la está devorando por dentro, como un tumor maligno que destruye y mata con rapidez cuanto encuentra a su paso.

—Hallé esto tirado en la calle —dice él, mientras le enseña un bolso negro de cuero.

La mujer lo coge. Aturdida, reconoce el documento de identidad, el lápiz de ojos, el estuche de maquillaje y la cartera sin dinero ni tarjetas de crédito.

—Pa… Pase, por favor.

Le conduce hasta el salón. Allí, entre estanterías repletas de libros viejos, una televisión de 32 pulgadas y un sofá sobre el que descansa un perro, se fija en una foto colgada en la pared. Hay varias chicas jóvenes en una clase de danza. Están felices, ajenas al mundo, a la maldad y a los problemas, mientras mueven sus cuerpos inasibles en la pista de baile.

—La… La ha visto

—¿A quién? —pregunta él.

—A mi hija. Desapareció hace una semana.

—No.

Pero eso él ya lo sabe.

La violó y descuartizó el sábado por la noche.

Después, la enterró en el bosque.

(Microrrelato con mención en el Concurso de Minificción 74 del escritor Alberto Chimal)

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Cuento sin título

Me apunté a aquel taller literario con la intención de escribir. En la primera clase nos desnudamos para vencer la timidez. En la segunda, el profesor separó las mesas e hizo que bailásemos al son de la música:

—La escritura—dijo—es como el ballet. Una danza inasible de caracteres. ¡Moveos! ¡Sentid los personajes, dejad que fluyan las historias, que bailen, que palpiten al ritmo de la melodía del lenguaje! La literatura es armonía, tonalidad, plasticidad y una perfecta coreografía de palabras. ¡Danzad, danzad, malditos! ¡Permitid que las musas y los sueños os atrapen!

Aquellas clases marcaron mi futuro.

Jamás escribí nada importante, pero me convertí en la primera bailarina de El ballet Imperial Ruso.

(Microrrelato ganador del Concurso #74 de Minificción de Alberto Chimal)

Micro premiado por Alberto Chimal “por su humor y su juego con el absurdo”

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