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Archive for 25 mayo 2011

Lorca

Quedé atrapado entre los escombros. El tipo se acercó. Me quitó varios ladrillos de la cara y buscó un buen encuadre para hacer la foto.

 (Microrrelato ganador de Cuenta 140. Tema: Lorca)

 

Y estos fueron otros intentos:


 La mariposa desplegó sus alas. Y su aleteo, se hizo sentir en Lorca.

Cuando las estrellas clavan rejones al agua gris, cuando la tierra vibra, las calles de Lorca se tiñen de dolor y de un manto carmesí.

 El niño vio a los edificios temblar, al suelo convulsionarse. ¿He sido yo? se preguntó, mientras juró no volver a jugar con petardos.

 El ecologista lo tuvo claro. Después de tanta contaminación, de tanta lluvia ácida, la tierra tenía que gritar por algún lado.

 Cuando en nuestra casa de Lorca todo se puso a temblar, pensé que el abuelito nos había contagiado el Parkinson.

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Que viene El lobo

Qué aliento más fresco, dijo la niña a su asesino.

 

(Microrrelato finalista Cuenta 140.  Tema: Pasta de dientes)

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No fueron los libros de caballería. Tampoco ningún trauma que sufrió de pequeño. “El Ovejo” había pasado tanto tiempo junto al rebaño que perdió la cabeza. Su problema: las ovejas que veía a todas horas. Estrés laboral, lo denominó el doctor, quien le recomendó unas vacaciones que el pastor no se pudo permitir. Así las cosas, siguió viendo ovejas. Ovejas por aquí, ovejas por allá. Magia. Más ovejas, más corderos, más borregos. Por las noches apenas podía dormir. Intentaba aferrarse a los brazos de Morfeo empleando una gran variedad de técnicas: resolvía series matemáticas, recitaba la tabla de multiplicar, se ponía a leer las obras completas de Mario Benedetti, se colocaba un antifaz, mantenía relaciones sexuales con su santa esposa o rezaba el rosario y diez mil Avemarías. Pero ni por esas conciliaba el sueño. Sólo le funcionaba lo de contar ovejas. Y hasta que no había contabilizado 457.678 no se dormía. Y cuando por fin lo lograba, soñaba con ellas. En el campo, en la cuadra, en el frontón, en la sala de estar, debajo de la cama. Ahí estaban como fantasmas agazapados en las tinieblas farfullando. ¡Beeeeee! ¡Beeeee!

Una noche de insomnio y después de tomarse una manzana, un vasito de leche de oveja bien caliente y unas roquillas “El Ovejo” salió al porche de su casa. A lo lejos contempló, con el éxtasis de una monja a quien se le acaba de aparecer por primera vez Jesucristo, la majestuosidad de la bóveda celeste. Se fijó en la luna llena y en el aura que desprendía a su alrededor, como si esa noche las estrellas del firmamento se hubiesen conjuntado para formar un mantel gigante en el cielo. Entonces, algo ocurrió en su interior, una metamorfosis paranormal y siniestra que ni siquiera Mulder o Scully podrían jamás explicar. Poseído, “El Ovejo” trepó por las ramas de los árboles con la facilidad de una ardilla, situándose en el punto más alto. Y después se puso a aullar. Sin embargo, en el pueblo, los parroquianos solo repararon en un tipo más loco que una cabra, encaramado a un árbol, gritando a la luna bajo la atenta mirada de un mantel bordado de estrellas.

(Ilustración de Clara Varela del proyecto Escríbeme una ilustración)

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¡Menuda radio!

— Me he comprado una radio último modelo con sintonizador automático de emisoras, grabación de voz, FM en formato WAV, pantalla táctil LCD de tres coma nueve pulgadas, cámara de ocho megapixels, treinta y dos gigas de capacidad, batería de litio, soporta tarjetas de memoria SD, reproduce MP4, cuenta con un sistema de localización GPS, se sumerge en el agua, da la hora, engrandece la decoración del salón de mi casa y si me apuras, hasta me plancha la ropa. ¡Una maravilla, la verdad! Estos chinos fabrican unas radios “cojonudas”.
—Y, ¿qué tal se oye?
—¡Hombre, con todo lo que tiene, encima no voy a pedir que funcione!

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Finde

Robinson Crusoe tira la botella al mar y unas horas más tarde otra botella alcanza la isla. Quita el tapón y se encuentra una nota. Es un mensaje de “Viernes”. Quiere saber si el sábado saldrán de fiesta.

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La cita

Le gustaba. Me dio su número. Aunque, ¿existían teléfonos de 17 cifras?

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Ecuación del caos

X se enamoró de Y una tarde de invierno cuando la vio entrar en la discoteca Álgebra contoneando las caderas de forma sensual hacia la barra. La miró como un cateto al cuadrado y su corazón se agitó 2,7 grados de magnitud en la escala Richter. Se fijó en la longitud de sus piernas, inabarcables como un cociente infinito. Tras sopesar sus probabilidades se acercó a Y, la invitó a una copa y se gustaron. Después de unos meses de relación hablaron de futuro. E hicieron diagramas, derivadas, números y estadísticas. Matemática en estado puro. Aun así, no salían las cuentas: hipoteca, familia, problemas, niños. Fue entonces cuando el apuesto Pi entró en la ecuación liándose con Y 3,1416 veces. El binomio se transformó en un triángulo amoroso. X se sentía desplazado igual que una minúscula fracción. Un cuarto quería dejarla, dos asesinarla y el restante seguir como si nada ocurriese. Pero entonces estornudó y el aleteó de sus gérmenes provocó un tsunami al otro lado del mundo.

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