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Archive for 30 mayo 2012

Infectados

Comenzó en las universidades, se propagó por los institutos, los colegios y las bibliotecas. Rápidamente, casi la totalidad de la sociedad se infectó. De inmediato, los estados prohibieron los libros. Leer obligaba a pensar, a tener ideas. Y ése era un germen perjudicial, dañino para la salud de los gobernantes. Los médicos al servicio de los poderes fácticos sostenían que la lectura causaba daños irreparables en el cerebro, deterioraba las neuronas y provocaba graves trastornos en la cabeza. Ponían a Alonso Quijano como ejemplo. Así, habilitaron instalaciones para que las personas entregasen allí sus libros. Enseguida, se formaron colas y colas en todos los lugares del planeta. Los volúmenes se apilaban en almacenes de máxima seguridad. Para evitar contagios, los técnicos se ponían mascarillas, guantes y uniformes especiales antes de establecer cualquier contacto con los volúmenes. Después, los llevaban a una fundición y los introducían en las calderas hasta que el papel quedaba reducido a cenizas. A los autores se les prohibió escribir. Las editoriales se fueron a la quiebra. Los agentes literarios se quedaron sin trabajo. Las imprentas vendieron a la chatarra las rotativas. Y los lectores buscaron otros sustitutivos como la televisión o los juegos de la videoconsola. Algunos escritores hilvanaban cuentos en la clandestinidad. Publicaban las novelas por entregas y contaminaban el mercado clandestino de personajes e historias. Sin embargo, la gente dejó de consumir literatura y los autores terminaron por desaparecer. Pronto se perdió la memoria histórica. La cultura dejó de existir y en el mundo la gente se volvió “gilipollas”. La toxina, al fin, se había erradicado y los gobernantes extendían sus tentáculos de poder sin límites. No obstante, un día, alguien encontró un ajado volumen de historia en una excavación en Atapuerca y se empezó a hacer preguntas. Unos interrogantes llevaron a otros y en unos días el virus del querer saber se fue expandiendo a toda velocidad por todos los rincones de la tierra.

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Mi cáncer

Por las noches oigo voces. Me dicen que si no apago y enciendo las luces de casa ochocientas veintiséis veces seguidas antes de irme a dormir van a matar a alguien. Obediente, repito la operación en todas las habitaciones. Cuando termino, me doy cuenta de que el dedo índice está hinchado y se le ha borrado la huella dactilar. De camino al dormitorio, esquivo las baldosas negras y solo piso las blancas. En la cama trato de conciliar el sueño. Cierro los ojos y empiezo a contar pistolas. Contabilizo hasta seis mil cuatrocientas veintitrés, pero entonces me desvelo porque tengo la impresión de que dejé el grifo del lavabo abierto. Las gotas resuenan lentamente en mis oídos.
Me incorporo y salgo a comprobarlo. En la cocina me cercioro de que el grifo está cerrado. Yo juraría que lo dejé abierto. Y, si vivo solo y tengo la certeza absoluta de que goteaba, no hay que ser Sherlock Holmes para  deducir que un extraño se ha colado en el chalet. Enseguida comienzo a respirar con dificultad; me tiemblan las manos y siento que una grieta se abre debajo de mis pies y me engulle hasta las profundidades. La frente se perla de sudor. Me duele el pecho. Al principio solo es una molestia débil, endeble, pero en apenas unos segundos noto como si una boca dentro de mí me hubiese hincado sus fauces y desgarrado los órganos.
Grito y caigo al suelo igual que un fardo de huesos. Mi cara se pliega. Parece un acordeón. Aprieto los dientes con tanta fuerza que se saltan los empastes. Levanto la camiseta del pijama y alrededor de mi tripa se dibuja un charco de sangre. Ya no me preocupan el grifo, ni las voces que me vuelven a repetir que esa noche asesinarán a alguien.
Me levanto con dificultad y atravieso el pasillo. En la cómoda busco las pastillas de colores. El jodido cáncer me está devorando los intestinos a traición. Lloro igual que si me estuviese derritiendo por los ojos. Echo la culpa al cáncer, pero sé que es mentira.
La culpa es de mi mujer. Ella era espiritista. Se ganaba la vida leyendo el tarot, echando las cartas y poniendo velas negras. Y sé que es su magia lo que me está torturando a todas horas, lo que está consumiendo mi estómago. Es ella la que enciende la radio que llevo en la cabeza, la que me hace sentir frío, la que cambia las cosas de sitio por las noches, la que me tortura para que apague y encienda las luces, la que me obliga a ser alguien que no soy. Hija de puta, le grito en la oscuridad, mientras me acerco con un hacha a la pared. Nunca debí emparedarla al otro lado del tabique.

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Alumbramiento

Una noche de sueños húmedos, tras mantener relaciones sexuales imaginarias, dejó de venirle la regla. El polvo fantasma se tradujo semanas después en náuseas y vómitos. El test de embarazo confirmó sus sospechas. Conforme transcurrieron los meses, le crecieron los pechos y notó un aumento considerable de la tripa. Algunas noches, mientras descansaba, notaba al bebé moviéndose dentro de su ser. Ilusionada por su inminente maternidad, pintó la habitación del pequeño, compró la cuna, el cochecito, el sonajero, el chupete, los patucos. El parto fue difícil. La criatura nació por cesárea. Pesó dos kilos y setecientos veintinueve gramos de aire.

(Microrrelato finalista de abril en La Microbiblioteca)

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Filibusteros

Ese maravilloso viaje que le habían prometido comenzó esa noche cuando el abuelo cogió un libro y se lo leyó al borde de la cama. Mientras hilvanaba vocablos con su voz ronca de marino viejo, Luis se zambulló en la historia. Se imaginó al malvado pirata del garfio, con un solo ojo, disparando trescientos cañones por banda sobre el navío inglés, mientras la bruma lo envolvía en un dulce sueño. Se despertó a medianoche, sudando, y se puso a gritar. Todavía quedaban restos de pólvora en su pijama y tenía un loro subido a su hombro que no paraba de repetir mamá, mamá.

(Micro finalista Relatos en Cadena 10/5, semana 24)

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Salvajes

Bajo las escaleras del sótano de puntillas. En cuanto veo a la mujer, le quito la mordaza y la desato. Me llevó el dedo índice a la boca y avanzamos en silencio, sorteando sillas destrozadas, mesas rotas y libros tirados en el suelo. Al llegar a la puerta de la calle, le digo que corra, que yo me encargo de acabar con esos malnacidos. Subo al dormitorio, me acerco al cabecero de la cama y agarro con fuerza el cuello de Bob.

—¡Despierta, cerdo! —le digo, mientras cojo la escopeta de la mesilla y saboreo que nos vamos de caza.

(Micro ganador del Concurso Wonderland Semana 1-6 de mayo)

http://www.rtve.es/alacarta/audios/wonderland/wonderland-tortell-poltrona-frank-capra-programacio-lauditori-toni-arola-lart-descriure/1398996/

(Audio en el minuto 47:00)

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Monster

Al despertar, reparé de inmediato en el cuerpo despedazado de mi novia en mitad del bosque. No tenía ojos, su mandíbula estaba aplastada y había fragmentos de cráneo esparcidos por la maleza. Su torso se encontraba abierto en canal y le faltaban los pulmones y el corazón. La parte inferior del tronco había desaparecido y un reguero carmesí lo inundaba todo. ¿Qué clase de loco podía haber cometido un crimen tan atroz? Pensé en Armin Meiwes, un informático que devoró a su amante. Me acordé de Aileen Carol en la película Monster y de Ted Bundy, despiadados homicidas en serie. Rápidamente, me arrodillé a su lado, la abracé muy fuerte y me puse a llorar. ¿Por qué? ¿Por qué?, grité desgarrándome la garganta entre abetos y arces. Pero el eco no me respondió y solo me dejó lágrimas en los ojos. Me hallaba tan afectado por su muerte que ni siquiera reparé en que estaba desnudo, con la ropa hecha jirones, tenía sangre seca en la comisura de los labios y mi madre me iba a matar porque había roto otra vez los brackets.

(Microrrelato ganador del Concurso Booket “No soy un Serial Killer”)

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