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Archive for 31 marzo 2012

Inocencia

Siempre recordaré aquella tarde de noviembre junto a la chimenea cuando cumplí seis años. El abuelo azuzaba la lumbre y las ascuas resplandecían en la oscuridad como luciérnagas. En la calle hacía un frío del demonio y yo daba buena cuenta de un trozo de cebolla y una hogaza de pan duro. Entonces llamaron a la puerta. Eran tres hombres. Preguntaban por mi padre. No pude escuchar muy bien, pero mi abuelo les dijo que no, que se confundían. Luego, mi padre me acarició el pelo, me dio un beso muy fuerte y se marchó.

-¿Adónde lo llevan, abuelo?
-Al bosque –dijo el yayo entre lágrimas- a dar el paseo.
-Pero eso es bueno, ¿no?
****
Hoy tres décadas después he tenido el valor de ir a al bosque. Ha sido fácil encontrarte, reencarnado en ese roble tan alto cuyas ramas surcan los cielos y por las noches se funden con las estrellas.
(Micro finalista del I Certamen de Relato Corto: Esta noche te cuento)

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¡Diablos, qué chasco!

—¡No sabes con quién te casas! Apenas la conoces. Una noche no es suficiente para tomar la decisión más importante de tu vida —le dijo su mejor amigo antes de la boda.
—Es amor a primera vista, Jorge…
—¿Y cómo lo sabes?
—Noto un temblor en las rodillas, un dolor punzante en el pecho. A veces, cuando abre los ojos puedo escuchar el mar. Y no dejo de pensar en ella a todas horas.
Minutos después, un beso certifica su amor y un cura los declara marido y mujer en un Casino de Las Vegas. Tras el banquete, llegan a la suite del hotel y se besan apasionadamente con la intensidad de un volcán en su punto álgido de ebullición.
—¡Espera, espera…!—dice ella antes de pasar a la acción—. Hay varias cosas que debo confesarte, cariño. En realidad no soy rubia. Llevo peluca. ¡Ah, y tengo treinta y tres años, no veintiséis! Por cierto, mis ojos no son azules, son marrones. Las cejas, postizas. ¡Y me parece que hay algo más que no te va a gustar! Estos pechos no son míos. El sujetador lleva relleno. Y en los glúteos se me está acumulando celulitis.
—¡Nadie es perfecto, amor mío!— dice él, mientras le brotan dos protuberancias en la frente y una cola empieza a sobresalir por la parte de atrás del pantalón.

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La gran tocha

Nací con un olfato privilegiado. Cuarenta y dos centímetros de prolongación nasal tuvieron la culpa. Hubiese preferido tener esas dimensiones en otro lugar como John Holmes o Nacho Vidal, pero así de cruel es la genética. Desde pequeño me olía los problemas a kilómetros de distancia. En cuanto percibía el hedor del cáñamo y la goma usada, sabía de antemano, que mi madre venía con la zapatilla a saldar viejas cuentas por alguna trastada. En el colegio muchos niños se burlaban de mí a todas horas. Me llamaban Cyrano, Pinocho, Elefante y me comparaban con el hombre pegado a una nariz del soneto de Quevedo.

Con todo, tener un miembro tan largo y afilado constituía una gran ventaja: cuando iba con mis amigos a pescar no necesitaba caña. Tampoco requería de espada en las clases extraescolares de esgrima. Pero fui creciendo y mi protuberancia constituía un problema para las chicas. Me veían como un ser defectuoso, con tara. Algunas veces al intentar ligar creían que yo era un oso hormiguero que solo quería olerles  las bragas. Así las cosas, volqué todas mis energías en los estudios. Preparé las oposiciones y saqué la plaza para ser policía. Empecé desde abajo, codeándome con los perros en las aduanas. Olfateaba la droga mejor que cualquier chucho rastreador. Localizaba la farlopa, el hachís, la maría y la heroína. Me asignaron a la DEA. En unos meses ascendí tan deprisa que me convertí en una celebridad en los medios de comunicación de masas. Un productor de Hollywood me ofreció mi propio programa de televisión: Napias. El reality fue todo un éxito. Me convertí en una celebridad en todo el mundo.

Las mujeres guapas se interesaron por mí. Las narices grandes se pusieron de moda. Florecieron las clínicas de estética que ofrecían operaciones de nariz. Los hombres y mujeres pasaban por el quirófano. Me idolatraban. Deseaban tener mi dimensión nasal. Me aficioné a las fiestas, los excesos y las drogas. El éxito fui mi ruina. Debí olerme que algo iba mal. Cuando quise darme cuenta ya era tarde. Caí en una depresión. El psiquiatra me confesó me que sentía frustrado porque ahora en todo el planeta la gente tenía mi nariz.

Ayer me arranqué de cuajo el tabique nasal.

Hoy, soy feliz.

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El baile de la calavera

Le contrataron para animar la fiesta en el centro comercial. De modo, que cuando empezó a sonar la música se fue quitando la ropa. Primero se deshizo de los zapatos, la camisa y los pantalones. Bailó junto a las amas de casa que coreaban a gritos su nombre y algunas le iban metiendo billetes en el tanga. Ellas querían más. Lo veía en sus ojos, lo intuía en la forma sensual en que desplazaban sus lenguas alrededor de los labios. Y empezó a quitarse más cosas. Se arrancó la piel a tiras; se desprendió de los músculos. Introdujo su mano en el tórax y comenzó a arrancarse el hígado, el bazo, los pulmones y el corazón. Se sacó de forma sensual el intestino, se lo puso alrededor del cuello y jugueteó con él, como si fuesen las medias de Sofía Loren. Después se agarró la cabeza con las manos y tiró tan fuerte que terminó cediendo. Decapitado, continuó bailando hasta que la música de los altavoces cesó. Entonces, la jauría de señoras se abalanzó sobre él, sedientas de hambre y sexo. El chico era tan guapo y estaba tan bueno que devoraron todos sus órganos. Desde aquel día el striper no ha vuelto a pisar un centro comercial. Las compras las realiza por internet y como superan los cien dólares se las llevan directamente a casa. Ahora ya no trabaja realizando striptease. Lo ha cambiando por algo más normal. Está empleado como esqueleto humano los martes y los jueves en la facultad de ciencias. Eso sí, los días de lluvia, le sigue gustando mover el esqueleto.

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Desde que leí Perversiones (Breve catálogo de Parafilias Ilustradas) de la editorial Traspiés dentro de su colección de libros ilustrados Vagamundos mi cuerpo se ha vuelto loco. Mis ojos van a su bola y sólo se fijan en las nalgas y los pechos de las mujeres que me cruzo en la calle. Y no se detienen ahí, no. Se han vuelto unos obsesos y han adquirido una curiosa propiedad. Pueden ver con todo lujo de detalles lo que hay debajo de la ropa de algunas de esas damas: bolas chinas, consoladores, telarañas y hasta una vagina de protección oficial subvencionada con los fondos de la Unión Europea.

Pero mis ojos no son los únicos que me traicionan. Mi boca comienza a lanzar piropos fuera de lugar a los pobres obreros que están trabajando de sol a sol en la obra. Yo trato de reprenderla, pero ella se limita a lamer los zapatos rojos de aguja que saca a ventilar en el patio de atrás la vecina del bajo. Hoy, un albañil, me ha guiñado el ojo.

Mis manos también se están descontrolando. Ayer en la oficina durante la reunión del Consejo de Administración se deslizaron debajo de la mesa, se introdujeron en el amasijo de entrepiernas y dejaron a José, de contabilidad, con una sonrisa de felicidad de oreja a oreja. Y eso que este año no ha logrado alcanzar los objetivos. Pero lo peor no es eso, no. Cuando bajo al kiosko a comprar la prensa y el dependiente no me vigila, sustraen las revistas de porno gay y me las introducen debajo del jersey. Y si tomo represalias y les digo algo, me hacen un corte de mangas, se ponen a bajarme los pantalones en plena calle o me desnudan y me introducen en el armario para practicar juegos sexuales de autoasfixia a lo David Carradine.

Hace unos minutos acabo de fijarme en Luisa, una mujer de bandera que trabaja en marketing y que es lo más parecido a una diosa. Para quitarme los pensamientos impuros de la cabeza pienso en la virgen. Bueno en que es virgen no, porque eso, me excita aún más. Me dejo guiar por los consejos de un ginecólogo amigo mío. Él cuando está con una paciente muy guapa suele pensar en su abuela, una señora mayor de noventa y nueve años, en silla de ruedas y más fea que Satanás, y así consigue evadir de su mente las tentaciones del cuerpo. Y claro, yo me imagino a mi abuela, veo sus fotos de antes de la guerra y creo que está muy buena.

Así las cosas, mi cuerpo se ha convertido en un yonqui del sexo. Cada día busca su chute de carne de forma furtiva entre las páginas de Perversiones. Hoy toca una dosis del microrrelato de las cuerdas. Mañana tal vez Sin necesidad de anticonceptivos y, pasado mañana cuando venga de fin de semana la hija de mis vecinos, se está planteando jugar en el ascensor al Lobo feroz y Caperucita, versión sadomasoquista.

(Muy Recomendable)

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Cerró la puerta de la calle de un portazo y volvió a la cocina con el corazón encogido. Acababa de tener una fuerte discusión con su hija. Quería que dejase de vivir solo y se marchase a una residencia. Aurora le comentó que ya no se desenvolvía como antes. ¡Qué se estaba haciendo mayor! Y una mierda, se dijo el hombre, mientras se preparaba el desayuno. Después puso el programa corto de la lavadora, metió el vaso de leche en el tambor, cerró la escotilla y esperó a que se le calentara.

(Micro ganador del II Certamen de microrrelato Melibro)

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