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Archive for 24 octubre 2011

Notas

Tenía catarro, pero aun así fue a la biblioteca de la facultad. La débil luz de la bombilla iluminó los estantes. Cogió el volumen sobre La jurisdicción contencioso administrativa, lo abrió y reparó en la nota. Llevaban meses comunicándose así para que nadie sospechase. Leyó el mensaje despacio. Ella le decía que no podían seguir. No estaba bien. Debían dejarlo. Después, él escribió unas líneas y las introdujo en el tomo de La reforma constitucional. Y se marchó a hacer el examen. Tras la confesión de ella, ya no le interesaba aprobar, ni que le dieran el premio extraordinario de fin de carrera. Durante el examen no escribió nada. Solo quería estar con ella. A los diez minutos se levantó y dejó encima de la mesa de la profesora el folio en blanco. En la parte superior junto al nombre, ella pudo leer: mira la página ciento veintitrés, por favor.

(Micro seleccionado en el III Concurso de Microrrelatos sobre Abogados Septiembre 2011)

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Llámalo sueño

Olga abre la puerta de la calle con cuidado. El reloj de pared marca las cuatro de la mañana. Entra sin hacer ruido. En el baño se lava los dientes hasta que empiezan a quemarle las encías. Luego, se desviste y se mete en la ducha. Se restriega el cuerpo con jabón hasta casi hacerse sangre. Después, frente al espejo, observa sus ojos cansados y se pone a llorar. En la cocina se toma un vaso de leche caliente mientras cuenta el dinero. No ha sido una buena noche. Aunque ahora está diecisiete euros más cerca de su libertad.

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Crisis

No pagues el recibo de la luz. Si cortan la electricidad aprovecha al máximo el sol durante el día. Por la noche, emplea linternas, mecheros o velas. Y no te preocupes porque con lo que te ahorras en luz, puedes comprarte unas estupendas gafas graduadas. Ahora con las ofertas que hay, las lentes están tiradas de precio. No obstante, si sigues careciendo en tu hogar de nitidez, abre la puerta de la calle y enciende la luz del portal. Si lo anterior no funciona, haz una fogata con palos y hojas. En caso de que desees ver alguna teleserie, un partido de fútbol o una película llama a tus vecinos. Sí, ésos con los que te llevas tan bien que en ocasiones no desearías ni ver. Alega cualquier excusa. “sí, es un fallo en la distribución eléctrica”. Con toda probabilidad te dejarán pasar a su vivienda. Ponte cómodo en su salón, disfruta de los canales en su tele de 42 pulgadas formato slim, con 3HDMI, pagada en 36 cuotas de 52,30€ TAE. Además, gorronea lo que puedas: unas patatitas fritas, una coca colita. Y sí, insistes, te quedas a cenar. ¡Ah y que se muevan un poco más allá para que te puedas tumbar bien en el sofá!

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Riders on the storm

Cada vez que los veo acercarse siento que algo dentro de mí se rasga y se estremece como las cuerdas de una guitarra desafinada antes de un gran concierto. Algunas personas depositan flores y se hacen fotos para alardear con sus amigos de que una vez estuvieron junto a la tumba de Jim Morrison. A veces me dejan poemas, velas encendidas que iluminan la frialdad de la noche, firmas estampadas con un bolígrafo indeleble, litronas a medias, bragas, sujetadores y hasta preservativos con regalo.

Sin embargo, lo que no entiendo de las personas es que no reparan en  las cosas que importan. Si escuchasen con atención en el cementerio de Pére-Lanchaise oirían los acordes de Chopen resonando con furia en los nichos, percibirían la voz melosa de Honoré Balzac recitando La comedia humana entre las hileras de tumbas o la histriónica risa de Óscar Wilde burlándose de la muerte. Lo esencial es invisible a los ojos, decía El Principito. Pero yo estoy vivo, sólo que ellos están ciegos y no reparan en mí.  Ahora, si escuchasen con el corazón, oirían mi voz interpretando Riders on the storm.

(Microrrelato ganador del Concurso de Microrrelato Jim Morrison)

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Voces que susurran

Por las noches, cuando se cierra la puerta de mi cuarto, me abrazo a mi muñeco de peluche y me echo todas las mantas encima. No deseo que ellos vengan y me lleven. A veces, los veo con sus ojos hinchados, la mirada perdida y las garras tan afiladas como la hoja de un cuchillo, acercarse al borde de la cama. Entonces grito, pero papá y mamá no me escuchan. Están abortos en el primer sueño. Y me entran ganas de llorar, de abrir la ventana y saltar desde el cuarto piso. Pero tengo miedo, porque solo soy un niño. En ocasiones, inhalo el hedor que desprenden sus cuerpos a descomposición y me fallan los esfínteres. Mojo el colchón y pienso en la paliza que me dará papá al día siguiente.
Cuando ya creo que se han ido, oigo sus susurros siseando como el arrullo de una paloma enferma. Están ahí. Al acecho. Pero no los hago caso. Los ignoro, aferrado al peluche. Quiero que se vayan, que se marchen, que se alejen de mí para siempre. La otra noche los escuché con más fuerza. Parecía como si quisieran decirme algo, asustarme para que los tema.
Hoy los bisbiseos se han vuelto más inteligibles: ven, ven con nosotros, dicen. Ya estás muerto y nadie puede permanecer en este mundo para siempre.

(Microrrelato seleccionado para formar parte de la I Edición de Minatura Ediciones)

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La felicidad

Estar enamorado debe ser algo especial. Y tú y la abuela lleváis de luna de miel más de cincuenta y tres años. En el barrio no se habla de otra cosa. Sois la pareja perfecta. ¿Cuál es vuestro secreto? No, no me lo digas. Imagino que comprensión, ternura, cariño, fidelidad, saber escuchar…
El anciano observa estupefacto a su nieta.
Mira cariño, no hay ningún secreto. Antes tu abuela y yo teníamos turnos distintos en el trabajo y apenas nos veíamos. Ahora cuando uno de los dos se pone a gritar o a dar voces, el otro baja a tope el volumen del sonotone y todos contentos.

(Microrrelato ganador del Concurso Ser Castellón. Semana 26-30 de septiembre)

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