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Archive for 17 abril 2013

El nido del cuco

Bueno3– ¡Hijo, ya sé que tienes un montón de cosas en la cabeza, pero creo que deberías colaborar un poco más en las tareas domésticas! Quizás de vez en cuando podrías hacer tu cama, limpiar la habitación y cuando vayas al baño, sería conveniente que tirases de la cadena. ¡Y es que nos hacemos mayores, cariño! ¡No vamos a estar aquí para siempre! Mañana cumplo cien años y, tu madre y yo, nos preguntábamos si no sería ya hora de que te echases novia, buscases piso y en dos o tres años te independizaras.

(2º Premio del II Concurso de Microrrelatos del MNAD (Museo Nacional de Artes Decorativas)

Se debía incluir la palabra centenario

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Origen

wonderland

Las arrugas se evaporan de su rostro, su espalda se endereza y ya no necesita el bastón. Las pecas desaparecen de sus manos y en la calva le brota el pelo. Regresa a su antigua oficina. En apenas unos instantes está otra vez en el instituto. Merma de tamaño, le sale acné, le cambia la voz y desaparece el vello de su cuerpo. Enseguida pierde los dientes, tiene un chupete en la boca y llora constantemente. En la cuna le ciega un intenso resplandor y después le envuelve la oscuridad.

En el bar, un hombre y una mujer se miran.

(Micro ganador del Concurso Wonderland Semana 15-21 de abril de 2013)

Se puede escuchar aquí partir del minuto 47:03

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La sombra del Jocker

joker-the-joker

Entra en el cine cuando las luces ya están apagadas y el proyector emite un débil vómito de luz que golpea la pantalla. La sala está casi vacía. Se sienta en una de las butacas y fija su atención en los títulos de crédito que emergen de manera fugaz hasta que se funden con un cielo azul inabarcable y unas montañas cubiertas por una espesa capa de nieve que se alzan majestuosas al oeste de Montana. Ha transcurrido mucho tiempo desde entonces. Su pelo se ha tornado del color de la ceniza, de sus ojos se ha diluido el brillo de antaño y su semblante se ha convertido en una máscara obsoleta, sembrada de arrugas. Aun así, todavía recuerda aquel rodaje como si estuviese en el plató, como si los días jamás hubiesen devorado las hojas del calendario. La mirada de Ang Lee, escrutadora y sagaz controlando hasta los aspectos más nimios del rodaje. Los cámaras deambulando de un sitio a otro, el director de fotografía estudiando con minuciosidad los encuadres y Larry McMurtry repasando los últimos cambios del guion. Él era Ennis del Mar, el vaquero duro que había visto a los ocho años cómo su padre le mostraba el cuerpo de un hombre al que habían golpeado con una llave inglesa, le habían arrastrado hasta una zanja de regadío y le terminaron por cortar la polla. El cowboy que terminó solo, aislado del mundo, en una mugrienta caravana al sur de Maine. El tipo que guardaba en su armario aquellas dos camisas, una encima de la otra como si fuesen un par de almas gemelas y una vieja foto de la montaña Brokeback. La escena lo resumía todo. Él abotonando la prenda, las lágrimas embadurnando sus ojos y un enorme vacío abriéndole en canal, partiendo su corazón en dos mitades. Y así se sintió aquella noche años después, antes de tomarse aquel cóctel de somníferos. Porque al final cuando se apagan las luces, pronuncian la palabra corten y la película concluye uno se queda realmente solo entre bastidores. Y eso a pesar de que en su teléfono móvil tenía un montón de números, pero nadie a quien llamar. A veces se sentía como aquellos personajes del cine mudo olvidados por la industria del sonoro que algunas tardes iban a la casa de Norma Desmond a jugar a las cartas. Se gira y repara en la chica que está tres filas más atrás. Las lágrimas comienzan a deslizarse por su rostro igual que un río sin diques de contención. Sale antes de que concluya la película. Sus botas repiquetean en los pasillos. En la calle una niebla, densa y asfixiante, envuelve la ciudad. Se sumerge en la noche poco a poco, paso a paso, hasta que su andar titubeante y cansino se confunde para siempre con la oscuridad.

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