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Guantánamo

I

El nuevo guardia se sorprendió al ver a X. Tenía los ojos oscuros, una frondosa barba, como la de un náufrago que lleva meses en una isla desierta, y un atuendo de color naranja. Se acercó hasta él y le puso los grilletes en las manos y en las piernas. X ni siquiera le miró. Hundió la cabeza sobre los hombros como una tortuga que se repliega detrás de su caparazón. Minutos después, lo condujo hasta la parte norte de la cárcel. Allí, entre las alambradas y las concertinas, habían habilitado un pequeño patio de reducidas dimensiones donde se vislumbraba la luz del sol.

—¿De verdad hiciste lo que dicen? —le preguntó antes de dejarle a solas.

 

II

Dos días más tarde encontró a X en el suelo de la celda. Se habían ensañado con él. En el rostro tenía un sinfín de hematomas y la ropa llena de sangre. La imagen le recordó a un Ecce homo bajado de la cruz, apaleado y herido. Un púgil que había librado un demencial combate contra un oponente que desconocía el término piedad. Se fijó en que sus pantalones estaban húmedos alrededor de la entrepierna. Su boca se había transformado en un tablero de ajedrez. Le faltaban la mitad de los dientes y tiritaba. Era como si de repente hubiese envejecido dos décadas.

El guardia le quitó la camisa, los pantalones, la ropa interior y le secó con una de las mantas. Distinguió los cortes en las muñecas, las heridas en el pecho y la piel del pene desgarrada.

—Agu… agua, por favor.

Cuanto el prisionero le tocó, sintió un estremecimiento. Su pecho se puso a latir con fuerza y le empezaron a flaquear las piernas.

 

III

X sabía un montón sobre libros. Admiraba a Borges, a Cortázar y a Stevenson. Algunas tardes, mientras le conducía hasta el patio, le recitaba algunos de los párrafos que había aprendido durante su niñez.

—Yo no soy como ellos. No pertenezco a Al Qaeda. De hecho, en mi país las autoridades me consideran una persona peligrosa. ¿Sabes por qué?

El carcelero negó con la cabeza.

—Porque me gusta leer libros. Los libros hacen que te replantees las cosas, que veas la realidad de forma diferente. Y eso es algo que los clérigos más radicales quieren evitar a toda costa. El saber nos hace libres. La ignorancia nos condena. No soy un terrorista ni he liderado ninguna célula. Tan solo soy un profesor de literatura al que le gusta la lectura.

—Yo casi no sé ni leer.

—Si quieres podría enseñarte.

X se acercó y le dio un beso en los labios. El guardia sintió mariposas en el estómago.

 

IV

—Nadie se puede enterar de esto. ¿Sabes lo que nos harían? A mí… Un consejo de guerra y a ti… ¡No quiero ni imaginármelo! -dijo nervioso.

—En mi país… a los dos nos ahorcarían. A los homosexuales los cuelgan en las grúas. Por eso hui de allí y vine a los Estados Unidos. No soy el monstruo que ellos creen. ¿Sabes cuál es la única arma que he empuñado en mi vida?

—No.

—La palabra —dijo mientras conducía el dedo índice a la boca.

 

V

El carcelero le llevaba libros de contrabando que X leía con deleite. También algo de comida y algún que otro cigarrillo. A veces, cuando las cámaras de vigilancia no los enfocaban, se abrazaban a escondidas.

—Te sacaré de aquí. Iré a los medios de comunicación para contar la terrible injusticia que están cometiendo.

—Te quiero, amor mío —le susurró X en voz baja.

 

VI

—¿Dónde se lo han llevado? —preguntó el guardia a uno de sus compañeros tras comprobar que X no se encontraba en la celda.

—Murió anoche… durante uno de los interrogatorios.

El guardia sintió como si le hubieran hundido un puñal en el pecho. Notó que el suelo se abría en canal bajo sus pies. Nada más salir de la prisión, sintió que se ahogaba, que le ardían los pulmones.

En la calle, el aire era asfixiante y el cielo poseía una tonalidad cada vez más gris. Reparó en el grafiti que algún chico había pintado en el muro. Era un corazón. Estaba partido en dos.

La App

Ana habla por el teléfono móvil sin parar:

—Yo busco la fama a toda costa. Sin embargo, lo de liarte con famosos en las discotecas ya no resulta efectivo. Hay tanta competencia… tantas lagartas por ahí… que llevarte a un famoso a la cama casi roza la épica. Además, con la crisis, las productoras de televisión pagan unos cachés ridículos. Así que… lo mejor es recurrir a nuevas técnicas. Ya lo decía Darwin en su teoría sobre la selección natural. Adaptarse o morir, Julia —dice retocándose la sedosa melena de color azabache que cae en cascada sobre sus hombros.

—No te quejes… Tú, al menos, ligas.

Ana es una mujer diseñada para dinamitar el corazón de los hombres. Su metro ochenta, sus ojos azules como el mar y sus piernas, largas e inabarcables, causan furor entre los chicos y suscitan la envidia de muchas mujeres.

—Ya, eso es verdad. Por cierto, ¿cuánto tiempo llevas sin comerte un rosco?

—Ni me acuerdo —dice su amiga desde el otro lado de la línea.

—Pues eso no puede ser.

—¡Qué me vas a contar! Si hasta mi hámster liga más que yo.

Mientras conversa, Ana se aplica la sombra de ojos.

—Yo es que creo… que eres muy selectiva.

—¿Selectiva? Pe… pero si en cuanto me ven los tíos salen corriendo.

—Que no, mujer. Esas son figuraciones tuyas. ¡Mira, deberías hacer como yo! Te voy a recomendar una aplicación móvil que es la leche. Con ella… verás lo fácil que es ligar y encontrar el amor.

—¿De verdad? —pregunta, ilusionada.

—Pues claro. Te la descargas, la instalas en tu smartphone y ya verás como pescas algo.

—¡Dios te oiga!

—Se acabó eso de liarte con famosillos de medio pelo. Esta app te pone en contacto con personas que de alguna forma están o han estado vinculadas con un homicida célebre. ¡Es la última moda en Internet! Ah, y cuanto más próximo sea el parentesco con el criminal mejor. Un hermano, un tío o un primo del homicida, mejor que un amigo o un conocido. Y ni te imaginas el morbo que da. Anoche, sin ir más lejos, me acosté con el conductor que hace unos meses trasladó al hospital al asesino del Pentagrama. Y adivina…

—¡Qué!

—Nos lo montamos en la misma ambulancia. ¿Te lo puedes creer? Mientras lo hacíamos, el tío me iba contando detalles escabrosos. Me confesó que el asesino, después de recibir tres balazos en la pierna, no dejaba de llorar. Y que estaba acojonado ante la posibilidad de que pudiera morir.

—Está claro, van de tíos duros… Pero luego, a la hora de la verdad, todos los homicidas son unos mierdas. Unos niñatos traumatizados…

—¿Qué eres ahora, psicóloga?

—Es un decir, mujer.

—Pues es el sexto que cae en lo que va de mes.

—¿El sexto? —dice, incrédula.

—Ajá. La semana pasada tuve sexo con el policía que investiga la muerte de tres prostitutas aquí mismo, en Madrid. Después de unas cuantas copas en un bar, nos fuimos a su apartamento. Y allí, en el dormitorio, le coloqué las esposas, le até a la cama y el tío se puso a hablar. Me reveló un montón de detalles de la investigación. Cree que se trata de un asesino en serie, pero de momento no tiene ninguna pista. Al parecer, los investigadores piensan que están ante un psicópata que recrea los crímenes más famosos de la historia. ¡Hasta han pedido ayuda al FBI!

—¡Qué emocionante!, ¿no?

—Ya lo creo. Y esta noche, adivina. Tengo una cita con el primo de un banderillero que estuvo casado en segundas nupcias con la folclórica cuya suegra asesinó a sangre fría a un banquero tras encasquetarle trescientos mil euros en acciones preferentes.

—¡Menudo descubrimiento!

Suena el timbre.

—Debo dejarte. Mi pasaporte a la fama acaba de llegar.

Ana cuelga el smartphone y dirige sus pasos hacia el telefonillo de la entrada:

—Bajo en cinco minutos —dice en un tono que delata cierto nerviosismo.

Cuando termina de arreglarse, cierra la puerta de casa y baja las escaleras. Al salir a la calle, se queda impresionada por la belleza del hombre que aguarda frente a un Jaguar gris metalizado, con las lunas tintadas. De inmediato, repara en sus ojos color miel, en las facciones bien definidas de su rostro y en su planta, que le trae a la memoria a un actor argentino de telenovelas. Detrás de él, hay infinidad de locales con los eslóganes que ha dejado esta crisis: Se alquila. Se vende. Se traspasa.

—¡Hola! Soy Carlos —dice con una sonrisa instalada en la boca.

Él la lleva a un restaurante caro. Durante la velada, el corazón de Ana no cesa de latir. Me he enamorado, me he enamorado, se dice para sí.

A última hora de la noche piden la cuenta, salen del local y suben al Jaguar. Para entonces, ya se están comiendo a besos en los asientos de atrás. Ella no tarda en quitarse la ropa. Él se deshace de la camisa y procede a bajarse los pantalones.

—Te… te he mentido —confiesa en un ataque de sinceridad.

—¿Cómo?

Ana se separa de Carlos, se tapa los pechos con la blusa y lo estudia con desdén.

—Lo cierto es…

—¿Estás casado? —pregunta, nerviosa.

—¡No, por Dios!

—¿Entonces?

—Que no soy el primo de ningún banderillero.

—¿Ah, no?

—No —dice él.

—Pe… pero la suegra de tu primo asestó doscientas treinta y cuatro puñaladas al director de una sucursal bancaria, ¿verdad?

—¡Qué va!

A Ana esta revelación no le hace ni pizca de gracia.

—¡Joder, lo que hacéis los tíos por echar un polvo!

—En realidad, yo… soy el nieto de Ted Bundy.

—¡Vaya! —dice ella, ilusionada.

—¿Quieres ser famosa, verdad?

—Claro.

—Pues te voy a convertir en una celebridad. Mañana saldrás en las portadas de todos los periódicos.

Los gritos quedan ahogados tras las lunas tintadas del coche.

El flechazo

No sé si es amor, demencia o locura. Pero tengo miedo. Y no son figuraciones mías. El vecino del quinto se ha obsesionado conmigo de una forma enfermiza. Desde que me echó el ojo, me espía a todas horas. Su mirada mezcla lujuria y deseo. A veces, incluso, atisbo un resquicio de ternura. Como si estuviese falto de amor o de autoestima. Aun así, estoy asustada. No sé qué hacer. Ayer estuvo a punto de abalanzarse sobre mí. Por suerte, en el último momento se echó para atrás, intimidado por la llegada del portero del edificio. Me gustaría gritar, decirle que no quiero nada con él, que lo nuestro es imposible… pero solo soy una braga olvidada en el tendedero.

El asado

—¡Qué buena pinta! —dijo mamá al ver el interior de la cazuela de barro que descansaba sobre unos tablones de encina.

Aún faltaban unos minutos para que se terminaran de asar los cuartos traseros de un cordero lechal que esa mañana papá había sacrificado.

—Hay que celebrarlo, cariño. Hoy es un día muy especial.

Él se acercó a ella y le acarició la curva de la tripa. En su rostro se vislumbró una sonrisa de oreja a oreja.

—¿Qué más podemos pedir? Tenemos salud y estamos los tres juntos.

—Cuatro —corrigió mamá.

De pronto unos golpes nos sobresaltaron. Abrí la puerta. Tres soldados armados con fusiles irrumpieron en la casa. A mamá le flaquearon las piernas y se le encogió el corazón.

—¿Qué es lo que ocurre?

—Nos llevamos a su marido.

—¿Por qué?—dijo ella interponiéndose entre los soldados.

—¡No se meta, señora!

Un brillo de angustia se posó en sus labios. Las arrugas se extendieron por su rostro como un sinfín de surcos labrados en la tierra. Se le hinchó la vena del cuello, su pecho no cesó de latir y el mundo pareció abrirse en canal bajo sus pies.

—¿Qué es lo que quieren? Yo no he hecho nada —dijo papá.

Su semblante era una mezcla de preocupación e hilaridad.

—Eso dicen todos. Al parecer, las cárceles están llenas de inocentes —replicó el oficial al mando.

—Si no nos…

El militar alzó de improviso la mano y propinó a mamá un fuerte puñetazo que selló sus labios. Ella se precipitó y su vientre golpeó las baldosas. Papá, cegado por la ira, se abalanzó sobre aquellos cobardes. Sin embargo, entre los tres soldados lo redujeron y le propinaron decenas de golpes con las culatas de sus fusiles.

—Te vamos a dar el paseo, cabrón. ¡Ni juicio, ni hostias! ¡Puto rojo de los cojones!

Finalmente lo sacaron a la rastra y le subieron a la parte de atrás de un destartalado camión. Las lágrimas le regaban las mejillas.

Mientras, mamá se tocaba el vientre y se retorcía de dolor en el suelo. Un hilo de sangre se deslizó por la cara interior de sus muslos y le regó las piernas.

Yo, a mis seis años, estaba paralizado por el miedo, me había orinado encima y solo atinaba a pronunciar una amalgama de palabras estúpidas:

—¡Mami, mami, yo también quiero ir con papá a dar un paseo!

Era el día de Navidad. El cordero se había quemado y las ascuas de la lumbre crepitaban con furia en la chimenea.

SCROOGE

—Es un trabajo fácil. El primo es un viejo. Durante años fue un importante prestamista. Desde que se jubiló vive solo. No tiene mujer ni hijos. Y lo mejor: es un avaricioso. Es tan raro que no se fía de nadie. Ni siquiera de los bancos. El tipo está forrado. En casa debe de tener un pastizal —le había confesado horas antes su socio.

Con una goma elástica se fijó un cojín en la tripa. Después se colocó una frondosa barba postiza que había comprado en una tienda de los chinos, se puso el traje rojo de Santa Claus y se caló el gorro. Finalmente, se apeó de la furgoneta y caminó un par de manzanas. Cuando se cruzaba con alguien sonreía y con una voz profunda les decía:

—Jo, jo, jo… ¡Feliz Navidad!

Eligió la esquina como lugar estratégico. Puso un pequeño cesto a sus pies y dirigió la vista hacia el portal. De vez en cuando, algún viandante se compadecía de él y le echaba alguna moneda. Estuvo así un par de horas. Ya comenzaba a desesperarse cuando reconoció al anciano de las fotografías.

Es él, es él, por fin sale de casa, se dijo.

Enseguida le vino a la memoria aquel estrambótico personaje de Dickens. El anciano guardaba un parecido extraordinario con el Señor Scrooge. Era alto, tenía el rostro afilado y su cuerpo parecía una endeble masa de huesos y piel. Cuando lo vio alejarse, dejó su puesto, cruzó la calle y tocó uno de los timbres del bloque. Disponía de veinte minutos.

—Correo comercial —dijo entre dientes.

Se oyó un zumbido metálico y la puerta se abrió. Subió las escaleras con sigilo hasta el tercer piso. Durante el trayecto no se topó con nadie. Se detuvo frente a la letra B. Extrajo una ganzúa del bolsillo y forzó la puerta de la vivienda. Le resultó tan sencillo como quitarle un caramelo a un bebé.

Ya en el interior, se puso a registrar las dependencias. Reparó en el austero mobiliario de la sala de estar, en las grietas de las paredes, en el desvencijado sofá de piel que presidía la estancia. No había ningún signo de ostentación. Aquella no era la casa de un millonario. Hasta la televisión de tubo pertenecía a otra época.

En el dormitorio inspeccionó los cajones de la mesilla, miró dentro del armario y echó un vistazo bajo colchón. Pegado a las tablas del somier descubrió un sobre. Dentro había tres billetes de veinte euros.

Durante unos instantes sintió remordimientos por apropiarse de los ahorros de un pobre viejo.

Pero ¿qué coño?, pensó. Seguro que percibe una buena pensión.

Él estaba en el paro, con tres hijos, una esposa minusválida y la espada de Damocles de la hipoteca se cernía sobre su garganta. El día menos pensado los desahuciarían.

—No puedo hacer algo así. Ese viejo está peor que yo —dijo en voz alta.

Metió el dinero en el sobre y lo volvió a dejar en el somier.

Ya estaba a punto de marcharse cuando, al fondo de la estancia, vio otra puerta. Estaba cerrada con llave. Tardó un rato, pero finalmente la abrió. Al dar la luz, distinguió a una niña desnutrida, con la mirada triste y la ropa hecha jirones, acurrucada contra la pared. Al verlo, la pequeña se levantó, corrió hacia él y se abrazó a sus piernas.

—¡Por favor, Papá Noel, por favor, sácame de aquí! —le rogó entre lágrimas.

RIP (1895 – 2015)

rip-786x305El microrrelato RIP (1895 – 2015) ha conseguido el primer premio en el VI CERTAMEN DE MICRORRELATOS “ARVIKIS-DRAGONFLY”

BRAINSTORMING

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Aquella mañana el caudal de ideas comenzó a desbordarse y a inundar las diferentes dependencias del edificio. Alguien en la sala de redacción gritó: por favor, dejen de pensar y achiquen textos. Pero ya era tarde, el ciclón creativo se había adueñado de todos los rincones. Las ideas caían a chuzos y arrastraban cuanto encontraban a su paso: sillas, mesas, cuadros, ordenadores, libros de autoayuda. ¿Quién dijo que el saber no ocupa lugar?, comentó ofuscado uno de los redactores antes de precipitarse al vacío desde la azotea. Las ideas engullían a los trabajadores, les ahogaban en un mar de conocimiento. Enseguida llegó un camión apaga-ideas al lugar siniestrado. Varios hombres lanzaron su manguera sobre el torrente de creatividad que huía raudo por las ventanas. Hay que detener esto, antes de que se produzca una catástrofe. El daño podría ser irreparable, gritaban a lo lejos. Las mangueras vertían litros y litros de ignorancia. No penséis, no penséis. Eso hará que se os atrofien las neuronas, gritó el jefe apaga-ideas a sus compañeros. Pero para entonces ya no había nada que hacer. La creatividad había tomado un par de manzanas y amenazaba con engullir el barrio.

(Este micro obtuvo una mención en el Concurso #107 del blog Las historias del escritor mejicano Alberto Chimal.)