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Archive for 29 noviembre 2011

El caso del señor Valdemar

—¡Pasen, agentes! No tengo nada que ocultar —solté mientras un detective y dos policías atravesaban el umbral de la puerta —. Ya se lo dije en la declaración. Mi esposa se marchó hace tres días y se llevó sus cosas. Desde entonces no la he vuelto a ver.

—Es simple rutina, señor Valdemar—. Su cuñada ha insistido… Comenta que su hermana no es de ésas que se marchan sin dar explicaciones…

Y empezaron a registrar la casa. Movieron los muebles, revolvieron los cajones, descolocaron los libros, levantaron las alfombras, cambiaron de sitio los cuadros y buscaron trampillas secretas.

—¡Ni rastro, señor! —comentó uno de los policías tras examinar la bodega.

—Parece que nos hemos confundido con usted.

—Se lo advertí. No sé nada. Desconozco dónde ha podido ir.

—Le ruego acepte mis disculpas, señor Valdemar.

Mientras salían del sótano, el inspector cogió su teléfono y marcó un número.

Bastó una llamada.

Nunca debí haberla emparedado con el móvil.

(Micro seleccionado II Certamen de Microrrelato de Terror ArtGerust. Homenaje a Poe)

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—Me suena tu cara —le dijo la mujer con una copa en la mano mientras sonaba la música dentro del bar.
—Es un rostro muy corriente —replicó él.
—No. Estoy segura de que te he visto antes.
Tras unos segundos, ella frunce el ceño, pone la palma de la mano debajo del mentón e intenta recordar.
—¡Ya sé! Tú eres ese actor. Si hombre, el que trabajó con Paul Newman y Lauren Bacall.
—Se equivoca.
Y con esa excusa comienzan a hablar, a contarse cosas de sus vidas. Después de media hora, la mujer le guiña un ojo:
—Si quieres, guapo, podemos seguir con esta conversación en otro lugar.
Cinco minutos más tarde los dos están besándose, tumbados encima de una cama en una habitación de hotel.
A la mañana siguiente, una sombra descorre la cortina de la ducha, levanta el cuchillo y lo hunde repetidas veces en la mujer. La sangre se va por el desagüe.
Creía, que estaba curado, pero Norman lo ha vuelto a hacer.

(Micro Seleccionado II Certamen de Microrrelatos “Arvikis-Dragonfly”‏)

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En la sombra

María salió de noche del trabajo. Caminó hasta la plaza y al poco tiempo se dio cuenta de que alguien la seguía. Giró la cabeza y vio a un hombre. Hacía semanas que un agresor sexual tenía atemorizada a la ciudad. En ese tiempo, abusó de ocho mujeres y perpetró tres violaciones. La policía incrementó la vigilancia. Aun así, todavía no habían dado con su paradero. De él poco se sabía, excepto que era alto y se cubría el rostro con un pasamontañas. De inmediato pensó en gritar y pedir ayuda. Sin embargo, la calle se encontraba desierta. Instintivamente, se llevó la mano al bolso y buscó el móvil. Al no encontrarlo, se puso a correr. Atravesó la calle Varillas, pero no logró zafarse del desconocido. Al llegar a la Plaza de la Libertad, vio luz en una casa. Llamó y un joven le abrió la puerta. Le explicó que el violador la perseguía.

—¡Pase, por favor! ¡Enseguida llamo a la policía! —le dijo.

María tomó asiento en el sofá y, accidentalmente, tiró al suelo un cojín.

Debajo, descubrió un pasamontañas.

Mientras Pepe, sigue buscando a la mujer. Él solo quiere entregarle el móvil que se le ha caído.

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Relato de terror

Por la noche, el niño la oía gritar al otro lado de la pared. Eran chillidos desesperados que centelleaban en su cabeza como el redoble de un tambor. A veces, podía escuchar con nitidez cómo él la golpeaba sin ni siquiera inmutarse. Entonces se metía debajo de las sábanas y se tapaba los oídos para que cesaran los gritos. Por la mañana, la solía ver en la cocina, poniéndole el desayuno con los ojos llorosos, el labio roto y el cuerpo plagado de moratones. Después cruzaban sus miradas, pero ninguno de los dos articulaba ningún vocablo. Se quedaban en silencio como si la casa se hubiese transformado en un cementerio. En ocasiones, reparaba en su cara, un trozo de masa sanguinolenta como la de uno de esos freaks de La parada de los monstruos.

Un día, el crío reunió el valor necesario y se acercó  a su padre:

—¿Por qué pegas a mamá? —le preguntó.

—Porque tu madre está poseída, hijo.

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Renuncia

Llevaba meses sopesando la idea. Me quería largar de aquel trabajo. Todos mis compañeros y hasta los jefes me ignoraban. Era como si fuese invisible. O como si ellos fueran incapaces de verme. Parecían ciegos. Esa mañana redacté mi carta de renuncia en braille.

(Micro seleccionado en I concurso de microrrelatos ACEN para el libro Bocados Sabrosos)

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