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Archive for 16 mayo 2013

EL VIAJERO DEL TIEMPO

Concurso90Al abrir los párpados la luz le hiere. Enseguida descubre que está en los servicios de una sala de fiestas. Al mirarse en el espejo, advierte que de sus ojos han desaparecido las patas de gallo, ya no tiene arrugas en la cara y ahora luce una melena arrebatadora donde antes poseía un pelo de color ceniza. Se fija en que camina erguido y no precisa de la ayuda de ningún bastón y al reparar en las manos se queda sin palabras al darse cuenta de que ya no le tiemblan. Cuando sonríe comprueba que su dentadura vuelve a ser blanca y no le falta ninguna pieza.
Al salir del lavabo escucha una canción de Roy Orbison y las jóvenes que se deslizan en la pista de baile atraen su interés. Observa que visten prendas anticuadas. Debe tratarse de una de esas fiestas temáticas que están tan de moda. En la barra pide un whisky y se lleva las manos a los bolsillos en busca de la cartera. Extrae un billete y se lo extiende al camarero. El hombre lo coge y se queda confuso durante unos instantes. Lo siento, pero aquí solo admitimos pesetas, le dice. El cliente se encoge de hombros, como una tortuga dentro de su caparazón y contempla asombrado el billete de veinte euros. Después continúa rebuscando en su cartera y se topa con una fotografía de la que nunca se desprende. Sin embargo, se queda perplejo al comprobar que las figuras de la foto han desaparecido. Se han borrado. Incapaz de creérselo cierra los ojos y los vuelve a abrir. No están. ¿Pero cómo es posible?, se pregunta. Si la memoria no le falla en aquella fotografía se veía a su mujer y a sus tres hijas. Se encontraban en la estación de Atocha. Tere y Luisa se abrazaban porque esta última se marchaba a México DF a estudiar. Nervioso, echa un vistazo a la copa y se lleva la palma de la mano al mentón.
—¡Hola, me invitas a un trago! — dice una voz a sus espaldas.
Se gira y sus ojos se encuentran con una mujer con el cabello de cobre, la mirada más oscura que el alquitrán y una voluptuosa figura.
En la foto, que descansa sobre la barra, comienza a dibujarse una melena pelirroja.

(Micro  Ganador del concurso #90 Las historias de Alberto Chimal)

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imagesMi relato Náufragos a la deriva ha quedado finalista se la XVI Edición del Certamen Literario de Relatos Cortos “Café Compás” 2013, bajo el título “Carpe Diem”.

Aquí se pueden ver los Finalistas

 

 

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Teddy

Oso

X apoyó la barbilla en los nudillos de la mano derecha, contrajo el rostro y miró el muñeco. Las ventanas derramaban un chorro de luz y le otorgaban una risa siniestra, como la del Joker. Se preguntó cómo era posible que hubiese llegado hasta su habitación si la semana pasada lo guardó en una caja del desván. Lo metió en una de zapatos antiguos. Teddy ya había dejado de gustarle. Tras las amputaciones que sufrió en la lavadora, aquel antiguo compañero de juegos dejó de ser su mejor amigo. Ahora Teddy estaba tuerto. Se le había desprendido un botón del lado derecho del rostro y su madre no quiso cosérselo. Además, presentaba una incisión en la espalda por la que perdía parte de la esponja, sustancia de la que estaba relleno y su sonrisa era cuanto menos inquietante. Por otro lado, X ya había cumplido nueve años y pensaba que los muñecos habían pasado a mejor vida. Desde hacía un par de semanas prefería los álbumes de cromos, la videoconsola y el balón de fútbol. Por eso había desterrado a Teddy de su vida. Se lo regaló su padre cuando cumplió los tres años y habían pasado por muchas cosas juntos. La varicela, la transición del triciclo a la bicicleta, la cama mojada o las primeras visitas del Ratoncito Pérez. Aquel muñeco era parte de él. Sin embargo, ya no lo quería. Así que, lo agarró por la garganta, lo introdujo en una bolsa y, aprovechando un descuido de sus padres, lo tiró a la chimenea. Las llamas hicieron crepitar la bolsa. Desprendían jirones azules y naranjas. Enseguida una espesa humareda cubrió el salón. Su padre, alertado por la cortina de humo que se propagó por el resto de habitaciones, se personó en la sala de estar y contempló la escena horrorizado. ¡Pero qué haces! ¿No ves que puedes provocar un incendio? Arturo cogió las tenazas y sacó el muñeco de la lumbre. El pelaje azul de Teddy se había vuelto del color del azabache. La oreja derecha se le había consumido y sus intestinos de esponja quedaron al descubierto. El cuello le colgaba hacia un lado y había perdido parte de las garras. Las quemaduras eran graves. Por lo que decidió sacarlo al jardín para rociarlo con la manguera. El pequeño cuerpo chisporroteó al entrar en contacto con el agua. Después, cuando se cercioró de que no suponía ningún peligro, lo tiró a la basura. Al regresar, reprendió a su hijo y le comentó que estaba castigado. X se encogió de hombros, igual que una tortuga dentro de su caparazón y subió, cabizbajo, a su cuarto. Se pasó la tarde tumbado en la cama, con los brazos detrás de la cabeza, escrutando las telarañas que a veces se posaban en el techo. De vez en cuando, las capturaba y las metía en un bote de cristal. Observaba con fascinación sus tentáculos. A veces, cogía hormigas en el jardín y las introducía en el tarro. Las arañas corrían raudas hacia sus presas. Las inmovilizaban con sus patas y se las comían. Esa noche le despertó un olor a quemado. Se incorporó con rapidez, se deshizo de las mantas y encendió la luz. No parecía haber nada extraño. Se fijó en los posters de Shrek que decoraban las paredes, en el armario que tenía la puerta entreabierta, en la mesa de estudio sobre la que yacían los bolígrafos y los cuadernos y respiró profundamente. El hedor se había disipado. Aun así, seguía intranquilo. Movía los ojos, respiraba con dificultad y se arrancaba las uñas con los dientes. Tras unos minutos, decidió apagar el interruptor, se arropó con las mantas y cerró los párpados. Al levantarse a la mañana siguiente, su semblante mudó de color. Adquirió una tonalidad pálida y fue incapaz de pronunciar ni un solo vocablo. Una masa inerme y negruzca descansaba sobre la silla. Le sonreía. Era una risa burlona, de lado a lado, y el botón, que ejercía de ojo, emitía destellos brillantes. X apoyó la espalda contra el cabecero de la cama. Una película de sudor le cubrió la frente. Notó humedad en el calzoncillo. Tenía la boca reseca. La cosa negra extendió una extremidad de la que sobresalían filamentos de esponja. El chico saltó al suelo, corrió hasta la puerta, pero el guiñapo negruzco se abalanzó sobre él antes de alcanzar el picaporte. El niño estaba fuera de sí. Los ojos se le salían de las cuencas. Enseguida rompió a llorar y, cuando estaba a punto de proferir un grito, la extremidad de aquella cosa le taponó la boca. Desprendía un hedor irrespirable. Tras de sí dejaba una estela de carbón que manchó las baldosas. X intentó zafarse de sus garras. Le golpeó con los puños, y la cosa se puso a reír. Poseía una voz áspera, como la de un fumador crónico. ¡Ja, ja, ja! Aquella risa resonaba en sus oídos, le taladraba los tímpanos y le erizaba la piel. Tenía el vello de punta y un escalofrío recorrió su espalda. Era como si le hubiesen metido una docena de cubitos de hielo debajo del pijama. Tú y yo vamos a volver a ser grandes amigos, le dijo.

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